La captura del exfiscal César Jáuregui Moreno bajo el severo cargo de traición a la patria ha provocado un auténtico terremoto político en Chihuahua, pero hay otra bomba política como epicentro de otro sismo que se localiza en una relación de carácter eminentemente personal. Que Luis Villegas Montes, exmagistrado de cepa panista, haya asumido la defensa jurídica y mediática de Jáuregui no sorprendería a nadie si no fuera por el enorme elefante en la habitación: su entrañable e inquebrantable compadrazgo con el alcalde con licencia de Ciudad Juárez y cadidato de Morena a la gubernatura del Estado, Cruz Pérez Cuéllar. Este lazo sagrado, forjado en los viejos tiempos de militancia compartida en Acción Nacional, hoy se ha convertido en el nudo gordiano que asfixia las narrativas oficiales de los dos bandos en pugna.

Por ahí ya hay voces que insinuan un pacto que va más alla con la falta de actuación de la Fiscalía hacía los casos de la corrupción del Crucismo cuando en otra administración estatal se pidió el desafueron de Pérez Cuéllar cuando entonces era senador y en la actual no se le molestó ni con el petalo de una rosa.

En el tablero local, el escándalo ha alcanzado su punto más álgido debido a la virulencia con la que Villegas Montes ha arremetido en medios de comunicación en contra de la gobernadora Maru Campos Galván. El litigante no ha escatimado en calificativos, descalificando la actuación de la mandataria.

Para la llamada Cuarta Transformación, esta feroz andanada de Villegas resulta insuficiente para ocultar una situación que es ideológicamente indefendible en las mesas de la alta política nacional. Mientras la Fiscalía General de la República (FGR) empuja con todo el peso del Estado una acusación histórica que señala la vulneración de la soberanía nacional por la supuesta intromisión de la CIA, el compadre del morenista más fuerte rumbo a la gubernatura de 2027 sale a los micrófonos a incendiar el debate local. Esta flagrante contradicción abre un flanco de sospechas de «fuego amigo» y alimenta la narrativa de que, dentro de la misma 4T, coexisten intereses soterrados dispuestos a dinamitar las líneas discursivas de la federación por meras lealtades del pasado.

Ante la magnitud del escándalo y el costo político que esto representa en sus aspiraciones inmediatas, Cruz Pérez Cuéllar ha tenido que escenificar un frío distanciamiento público, apelando a la mesura y depositando un oportuno voto de confianza en las instituciones federales. Sin embargo, en política la percepción es realidad, y el deslinde discursivo difícilmente borrará décadas de historia compartida y redes familiares.

Al final del día, el caso Jáuregui deja al descubierto las costuras de un sistema donde los enemigos públicos en el discurso terminan siendo aliados en la sombra. Mientras la Fiscalía General de la República sostiene una gravísima acusación de traición a la patria por presuntas operaciones de agencias extranjeras, en el terreno local la defensa del exfiscal termina siendo operada por el círculo más cercano al morenismo juarense. Una paradoja perfecta que no solo contradice la retórica de soberanía de la presidenta Claudia Sheinbaum, sino que demuestra que, cuando el poder se tambalea, los compadrazgos pesan más que las ideologías. Cortesia 24 noticias

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