La defensa de la soberanía no nace de un delirio trasnochado; por el contrario, la historia de México ha sido una lucha constante frente a ataques, invasiones e intervenciones extranjerasEn Ciudad Juárez entendemos claramente que México y Estados Unidos necesitan establecer una relación estrecha y directa; sin embargo, cercanía, integración y cooperación no son sinónimo de subordinación. Es necesario plantear el tema de la soberanía de manera concreta, sin los apasionamientos políticos que terminan poniendo arbitrariamente a unos en contra de otros.
El artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que la soberanía reside original y esencialmente en el pueblo. A partir de ahí, cualquier análisis debe llevarnos inequívocamente a una conclusión: la soberanía no pertenece a un gobierno, sino a las y los mexicanos. Esa es la razón por la que, cuando hablamos de este tema, no es para defender a la presidenta o al movimiento, sino para defender el derecho que tenemos todos a decidir nuestro destino, nuestras leyes y la forma en que enfrentamos los problemas y optamos por soluciones.
La defensa de la soberanía no nace de un delirio trasnochado; por el contrario, la historia de México ha sido una lucha constante frente a ataques, invasiones, intervenciones extranjeras y gobiernos condicionados por una política exterior determinada por otros países. La Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana son solo algunos ejemplos de esa lucha, pero no debe olvidarse ni perderse de contexto que la defensa frente a la injerencia en las decisiones que solo competen a los nacionales es una tarea que debe emprenderse todos los días.Nuestro país está integrado a la comunidad internacional y, particularmente, a Norteamérica, pero no debe olvidar nunca sus lazos con nuestros hermanos latinoamericanos, con quienes tenemos raíces comunes, problemáticas y condiciones similares. En ambos casos, tener una relación estrecha no significa renunciar a nuestra capacidad y derecho a decidir sobre los asuntos internos. Podemos ser socios, vecinos, aliados o tener un origen común, pero eso no significa que debamos renunciar a nuestra capacidad de decidir.
Juárez y El Paso forman una comunidad que, en lo social, económico y hasta familiar, es profundamente interdependiente. Todos los días compartimos comercio, empleo, inversiones, familias, seguridad, agua, migración y movilidad, entre muchas otras cosas; por eso, entendemos claramente la necesidad de cooperar en todas esas materias, pero también comprendemos lo peligrosa que puede ser la subordinación.
La seguridad es la prueba más delicada de la soberanía. El crimen organizado se ha corporativizado y sus tentáculos alcanzan decenas de países y, al menos, tres continentes. Es evidente que, para contrarrestar sus operaciones y actos delictivos, es necesario establecer medidas que trasciendan las fronteras, pero siempre desde el respeto y la colaboración, jamás desde la subordinación. En 2025 reformamos el artículo 40 para establecer expresamente que México no aceptará intervenciones o intromisiones extranjeras lesivas de su independencia y soberanía. Tampoco se aceptarán investigaciones o persecuciones sin la autorización y cooperación del propio Estado mexicano.
La soberanía no puede ni debe confundirse solamente con temas de seguridad e intervención directa. Un país que depende del exterior para alimentarse, producir energía, generar tecnología o sostener sectores estratégicos también debe evaluar la condición de su soberanía. Esto hace necesario vincular con este principio políticas de fortalecimiento energético, infraestructura, producción nacional y autosuficiencia alimentaria como ejes fundamentales de las políticas públicas. En momentos de tensión por presiones extranjeras, tanto el gobierno como la oposición deben poner la defensa del país por encima de las diferencias partidistas. Las decisiones que competen a los mexicanos deben tomarse en México; de hecho, la presidenta Sheinbaum ha expresado en múltiples ocasiones que la soberanía y la independencia son una responsabilidad que no solo corresponde al gobierno, sino a toda la sociedad. Defender a México y su soberanía no significa cerrar fronteras ni levantar muros políticos o comerciales. Significa que podemos dialogar, cooperar y construir acuerdos con cualquier nación, pero que las decisiones fundamentales de México corresponden exclusivamente a los mexicanos
